El Mandarín
Yo había perdido la gracia del emperador de China.
No podía dirigirme a los ciudadanos sin advertirles de modo explícito mi degradación.
Un rival me acusó de haberme sustraído a la visita de mis padres cuando pulsaron el tímpano colocado a la puerta de mi audiencia.
Mis criados me negaron a los dos ancianos, caducos y desdentados, y los despidieron a palos.
Yo me prosterné a los pies del emperador cuando bajaba a su jardín por la escalera de granito. Recuperé el favor comparando su rostro al de la luna.
Me confió el debelamiento y el gobierno de un distrito lejano, en donde habían sobrevenido desórdenes. Aproveché la ocasión de probar mi fidelidad.
La miseria había soliviantado a los nativos. Agonizaban de hambre en compañía de sus perros furiosos. Las mujeres abandonaban sus criaturas a unos cerdos horripilantes. No era posible roturar el suelo sin provocar la salida y la difusión de miasmas pestilentes. Aquellos seres lloraban en el nacimiento de un hijo y ahorraban escrupulosamente para comprarse un ataúd.
Yo restablecí la paz descabezando a los hombres y vendiendo sus cráneos para amuletos. Mis soldados cortaron después las manos de las mujeres.
El emperador me honró con su visita, me subió algunos grados en su privanza y me prometió la perdición de mis émulos.
Sonrió dichosamente al mirar los brazos de las mujeres convertidos en bastones.
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos
Ramos Sucre
Las hijas de mis rivales salieron a mendigar por los caminos
Ramos Sucre
Biografía
Crédulo en la mayor veracidad de los símbolos del arte, espera dar con una explicación musical y sintética del universo. R.S
José Antonio Ramos Sucre nació el 9 de junio de 1890 en Cumaná, «esa idolatrada Jerusalem», como él mismo la llamó en uno de sus poemas iniciales. Casi no tuvo una infancia normal: fue formado obsesivamente en estrictas disciplinas humanísticas, para las cuales estuvo especialmente dotado. En Caracas estudió leyes y, al término de su carrera, se desempeñó circunstancialmente como juez, por cierto con sabiduría y rectitud. Desde muy joven se ganó la vida como profesor de latín e historia universal en liceos y como traductor de diversas lenguas en la Cancillería venezolana. Este trabajo consumió muchas de sus energías físicas; lo cumplió siempre con el esmero y la tenacidad que le infundía su pasión intelectual, no obstante la fragilidad de su salud, sus crónicos insomnios y la concentración que le exigía su propia obra.
Publicó en 1921 Trizas de papel, libro quizá todavía un tanto indefinido e indeciso; y en 1923, una plaquette titulada Sobre las huellas de Humboldt, que calificó de «ensayo» y era, sin duda, algo más. En los seis años siguientes será cuando se dibuje el verdadero trazo de su obra. Corrige los escritos de su primer libro, retoma su «ensayo» sobre Humboldt y añade cincuenta nuevos textos, imponiéndole a todo ello un orden más vasto y significativo. Así nace en 1925 La torre de Timón, un libro que es ya lo que una conciencia poética requiere para darnos la impresión de un universo verbal con su propia trama de significaciones.
Las formas del fuego y El cielo de esmalte, ambos de 1929, amplían y matizan su visión; con ellos culmina también el inconfundible estilo de sus poemas en prosa. Ese genio de la concisión y de la síntesis que le permite recrear épocas, personajes y aventuras de la historia como si estuviera -otra vez- fabulando y descifrando los emblemas del mundo. En efecto, la poesía de Ramos Sucre dramatiza y superpone (como «los agilitados caballos de Fidias») la más versátil metáfora del hombre y sus civilizaciones, así como la fijeza, a veces trágica, de su destino. Murió en Ginebra el 13 de junio de 1930, "víctima de su propia soledad".

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